El vacío, como un desierto inhabitado, puede parecer desprovisto de toda forma de vida y de expresión. Un lugar inhóspito en el que nos aterra adentrarnos a riesgo de ser devorados por el silencio inconmensurable. Pero como nos demuestra la obra que tenemos entre manos, tras el salto de fe, hay luz.
Hay algo curioso y atrapante en la poesía de Fuensanta. No se anda con rodeos, no evita el cruce de miradas, no esconde, no disfraza, y, a la vez, no agrede ni lastima. En ella se palpa la belleza y vulnerabilidad intrínseca a la condición humana pero sin esconder sus miserias, sus carencias y sus «errores». No pretende ser lo que no es y por ello logra encender las emociones que, como pólvora, se propagan al lector, recorriéndole y quemando sus viejas estructuras.
Agustina Cadel
