Sobre el autor/a
Nota del traductor, Rubén Capilla Haro
Cuando el editor contactó conmigo para encargarme la traducción del presente texto, le advertí de que no estaba capacitado para trabajar con escritos de corte científico. Estoy especializado en la traducción al español de literatura clásica rusa y polaca, y no he hecho otra cosa en mis más de veinte años de trayectoria profesional. El editor, no obstante, insistió. Me aseguró que el trabajo resultaría sencillo: aunque la obra era el fruto de una investigación neurolingüística de gran calado, el texto resultante era un simple diálogo que yo debía afrontar como si se tratara de la conversación entre dos personajes de una novela. Además, según me contó, hace años quedó impresionado por mi traducción del cuento Lázaro, de Leonid Andréiev, y eso acabó de convencerle de que yo era la persona idónea para la tarea. Según él, estar familiarizado con la figura de Lázaro iba a resultarme de gran utilidad. Más tarde comprendí por qué lo decía.
Recibí el manuscrito la víspera de Año Nuevo. Lo recuerdo bien. Llegó a mis manos en forma de paquete extremadamente voluminoso. Aquella primera versión del texto constaba de muchísimas páginas. Dediqué el mes de enero a leer atentamente el material a fin de habituarme a la sintaxis, el vocabulario y el estilo empleados en su redacción. Tras la primera lectura, todo aquello me pareció una completa estupidez. Eran páginas y más páginas de transcripciones de unas supuestas conversaciones mantenidas entre un ser humano (el Paciente) y una inteligencia artificial (la Máquina). Junto a pasajes ciertamente interesantes e inquietantes, había cientos de folios dedicados a disertaciones absurdas imposibles de comprender. Además, a medida que avanzaba en la lectura, la Máquina complicaba cada vez más su sintaxis y caía en accesos poéticos (no encuentro otra palabra más adecuada para definirlos) que yo no podía descifrar y apenas imaginaba cómo podría traducirlos llegado el momento oportuno.
A finales de invierno contacté de nuevo con el editor. Le expliqué que no iba a hacerme cargo de la traducción. Le expuse abiertamente los motivos: se trataba de un texto muy extenso que requería de mucho tiempo y dedicación, y además no tenía muy claro que mereciera la pena hacer público un escrito de semejantes características. Nuevamente, el editor insistió y me convenció. Me dio libertad absoluta para podar el texto y eliminar aquellos pasajes que me parecieran innecesarios o incomprensibles. Tan solo me pidió que respetara el orden de los capítulos (que, en realidad, no llevaban el nombre de capítulos, sino de sesiones). Así pues, mi tarea consistió en comprimir aquella obra descomunal en unas pocas páginas de escritura coherente e inteligible. El resultado es el librito que ahora, lector, tienes en tus manos. Eres tú quien debe decidir si el esfuerzo ha valido la pena, si realmente era necesario publicar algo así y echarlo a rodar por el mundo. Por mi parte, puedo decir que este ha sido el encargo más extraño que he recibido en toda mi carrera profesional.